Informe | ¿Qué hacer para recuperar el poder de compra de los salarios?

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Informe | ¿Qué hacer para recuperar el poder de compra de los salarios?

En el gobierno se están buscando fórmulas para incrementar las escalas salariales en la Administración Pública e incentivar mayores aumentos en el sector privado, bajo la premisa de que la situación económica general va a mejorar y, de acuerdo con las estimaciones que se manejan en el sector oficial, el PIB podría dejar de contraerse este año.

No existe un escenario concreto sobre cuánto crecería el Producto Interno Bruto, pero su comportamiento positivo, después de ocho largos años de contracción, sería una de las premisas para la elaboración de un presupuesto nacional sobre el cual tampoco se sabe nada.

En todo caso, parece consensual la proyección de que, este año, será –en el escenario más probable- el de menor caída de la economía desde 2014.

En consecuencia, la precariedad salarial y la completa desaparición de la formalidad en el mercado laboral se van a convertir en dos de los mayores obstáculos para que cualquier recuperación se produzca y se sostenga.

Las más recientes estadísticas del sector industrial muestran que el salario promedio de un obrero es de 90,9 dólares mensuales, el de un profesional o técnico alcanza 190,4 dólares y el del personal gerencial promedia 440 dólares mensuales, de manera que solo los altos mandos de las organizaciones manufactureras pueden cubrir con un mes de sueldo una canasta alimentaria básica para cinco personas, cuyo costo se ubica en 310 dólares mensuales.

De acuerdo con consultas recientes que hemos realizado, a clientes y no clientes de nuestra firma, las empresas reportan que siguen haciendo incrementos salariales y buscando fórmulas creativas para darle más capacidad a las remuneraciones, pero bajo ningún concepto eso será posible alcanzar si los niveles de inflación en el corto plazo no se desaceleran de manera mucho más agresiva.

La banca, por ejemplo, según los datos de agosto (los más recientes disponibles) incrementó sus gastos de personal anualizados en 2.235% contra una inflación interanual de 1.984%, en un negocio cuyos márgenes se hacen cada vez más ajustados.

Estos datos muestran que lo mejor que ha podido hacer el sistema bancario por su personal ha sido mantener un precario poder de compra en una escala de remuneraciones que es estructuralmente deficiente, como ocurre en la casi totalidad de las actividades económicas del país.

Es posible que con la llegada de la nueva expresión monetaria, el próximo 1 de octubre, se produzca un importante aumento del salario mínimo, una categoría que, por cierto, el gobierno ha venido desdibujando a través de una modalidad de transferencias y subsidios que denomina Ingreso Mínimo Social, el cual depende de los vaivenes de las finanzas públicas.

Un aumento salarial como medida aislada, así sea denominado en moneda extranjera, como reclaman algunos sindicatos y gremios, no es una solución eficaz al problema, ni siquiera un paliativo, porque las condiciones que deterioran los ingresos de los trabajadores seguirán presentes, por lo que se repetirá –con seis ceros menos en la moneda- el mismo círculo vicioso de destrucción del poder de compra.

Parece que es indispensable la concreción de una reforma laboral integral, establecida a través de un diálogo tripartito, que rescate la formalidad en el mercado, cree condiciones e incentivos al empleo y permita el establecimiento de fórmulas diversas de recomponer los salarios degradados al tiempo que se ordenan las variables macro y microeconómicas que lastran el comportamiento económico del país e impactan la realidad salarial de los venezolanos.

Por supuesto, hay una situación de emergencia que no se puede desconocer. La informalidad y el precario poder de compra de los salarios reclaman acciones urgentes y es posible que haya que establecer políticas de subsidio e incrementos; pero como parte de una política general de reconstrucción del mercado laboral con participación de todos sus actores.

El populismo como fórmula para gestionar las demandas legítimas de los trabajadores no ha sido una buena herramienta. Al contrario, ha profundizado la crisis y las contradicciones sociales que ella genera.

No puede haber salarios suficientes y competitivos en una economía enferma. No es posible pretender que las remuneraciones avancen con la inflación en una economía que ha perdido más de 80% de su tamaño por la recesión. Las empresas también tienen sus límites.

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