Las sardinas salvan del hambre a los margariteños, por ahora

// Freddy Campos @frecam


Así como el mango se ha convertido en la única salvaguarda de muchos venezolanos contra el hambre, los habitantes de Nueva Esparta tienen en la temporada de sardinas un refugio contra la escasez de alimentos. 

Testimonios recogidos en la isla de Margarita confirman que muchos habitantes del estado insular se vuelcan a los puntos donde los pescadores artesanales desembarcan con la pesca del día y regalan parte del exceso de pequeños peces plateados que han conseguido traer hasta la superficie. 

 «Les dicen bluejeans, porque pegan con todo» cuenta Juliana Sánchez, profesional de la isla y madre soltera de dos jóvenes, quien así expresa cómo la dieta diaria va cambiando para adaptar el versátil y económico pez con distintas combinaciones y así disimular la repetición. 

Ricardo Gutiérrez, quien prepara pizzas en la cocina de un hotel cerca del mar, también recurre a las sardinas para complementar su dieta y la de su familia. Cuenta que antes de salir a trabajar preparó lo último de arroz que le quedaba con un huevo frito para dar de comer a su hija, al costo de enfrentar la faena sin probar bocado. 

 El pizzero tiene en su nevera frascos con sardinas conservadas a la vinagreta, pero ya se siente cansado de comerlas día tras día. 

 Para el «navegao» que viene por unos días, en cambio, un pescado frito con su contorno puede salir en más de 7.000 bolívares, sin contar la bebida. 

 La lucha por el pan

En medio de la escasez de los alimentos básicos, los neoespartanos hacen colas por pan, cuando se consigue.

A las puertas de una panadería en uno de los principales centros comerciales decenas de personas protestaban cuando se terminó la ración de pan cuadrado del día, ante lo cual un policía nacional dispersó rápidamente la concentración mostrando una escopeta. 

Cuando faltan pocos días para que la temporada vacacional entre en su máximo auge, los refrescos se acaban de sumar a los bienes que escasean, y su falta es reemplazada por jugos o té frío, entre otras bebidas. 

En la barra de una posada, Josefina, encargada del turno de la noche, sirve a un huesped afortunado el último vaso de refresco del día, de una botella de dos litros que se termina.

Pero la escasez también se muestra en otros rubros, aparte de los alimentos. Juan Carlos Perez, taxista, tiene muchos colegas con los vehículos estacionados por falta de cauchos, lo más grave entre los repuestos que actualmente hacen falta. 

Mientras tanto, se dedica a hacer carreras por su cuenta entre los puntos turísticos, e incluso puede negociar una tarifa por horas. 

Sin embargo, los turistas encuentran todavía variedad de productos y alimentos importados. Si bien ya las neveras y anaqueles de los bodegones no muestran la misma variedad en quesos y patés europeos, conservan todavía jamones curados, variedad de bebidas enlatadas de diversos orígenes y conservas de todo tipo. 

Los licores están presentes también, aunque con algo de menos variedad, con más presencia de rones criollos que de whisky escocés, con una botella de doce años ya cerca de los 40.000 bolívares en promedio. 

Entretanto, empresarios que han hecho vida en la isla, como el chef Sumito Estévez, mantienen iniciativas en los pueblos de Margarita como el reciente festival del erizo marino, o del popular «rompecolchón» preparado con mariscos, además de coordinar ferias sabatinas que se realizan en la capital, La Asunción. 

Y quizás con estos espacios de emprendimiento se mantiene algo de la actividad local y el atractivo para los visitantes, a la espera de tiempos mejores. 

Nota: Los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los declarantes 

Te podría interesar también