#Perfil: Alberto J. Vollmer, un siglo entre barricas y tempestades
La vida del patriarca de los Vollmer se lee como una novela de contrastes: el alumno de los jesuitas, el compañero de aulas de George H. W. Bush y el empresario que en el Viernes Negro prefirió arriesgar su techo antes que fallarle a un acreedor.
Cien años en Venezuela no se cumplen: se sobreviven, se negocian y, en casos excepcionales, se conquistan con buen humor. Cuando Alberto José Vollmer Herrera cumplió nueve décadas, sus hijos temían que aquel hombre de silencios largos y acción rápida se negara a dejar testimonio escrito sobre su vida y trayectoria empresarial.
Cada vez que intentaban grabarlo, respondía que aún era «muy temprano» para hacer balances. Hicieron falta siete años de conversaciones con el escritor y periodista Oscar Marcano para publicar «Alberto J. Vollmer. Memorias» (editado por abediciones y bautizado en la UCAB), preámbulo al centenario que alcanzó en mayo de 2026.
Pero quedarse solo con la foto institucional traicionaría a un personaje que jamás ha encajado en moldes de mármol. En la Hacienda Santa Teresa, ubicada en los valles de Aragua, el trago preparado con el ron insignia en su honor tiene dos nombres: doña Christine de Marcellus, su esposa y cómplice de vida, lo llama «El Corajudo»; el resto de la hacienda, con la irreverencia que don Alberto celebra a media sonrisa, lo pide simplemente como «El Cojonudo».

En la Hacienda Santa Teresa, ubicada en los valles de Aragua, nació una de las marcas roneras más relevantes a escala internacional.
Del mono de Reverón al pupitre con Bush
Antes de ser el decano de una estirpe iniciada en 1828 por Panchita Ribas Palacios —sobrina de José Félix Ribas y prima del Libertador— y el alemán Gustav Julius Vollmer Bösenberg, el joven Alberto fue testigo de un país que transitaba del gomecismo a la modernidad.
A los ocho años conoció en persona a Juan Vicente Gómez y, por esa misma época, desde la casa de su abuela en Macuto, seguía entre los árboles al mono Pancho antes de asomarse a las tertulias de Armando Reverón, a quien recuerda con pantalones anchos, pecho al aire y una simpatía sin poses.
En su columna Letra Fría del diario Ciudad CCS, el periodista Humberto Márquez rescata con frescura esos años formativos lejos del mito del niño prodigio.
La educación de los hermanos Vollmer Herrera empezó bajo el rigor de una institutriz inglesa —que venía de trabajar con los Rothschild en París— y las clases de francés con madame Mathieu, antes de pasar a la férrea disciplina vasca del padre Luis María Arrizabalaga en el Colegio San Ignacio de Loyola.
«En el colegio, no es que fuera una lumbrera, pasaba con 12, pero pasaba», apunta Márquez sobre aquel estudiante que, pese a pequeños tropiezos escolares, se graduó de bachiller a los 16 años.
Eran tiempos de vacaciones en Santa Teresa, administrada entonces por su tío Jorge Herrera Uslar, y de visitas de la tía Quirina, viuda de Roberto Guzmán Blanco, en una dinámica donde la historia republicana tomaba café en el corredor.
Ese roce cosmopolita lo llevó luego a la prestigiosa Phillips Academy en Andover, Massachusetts, donde compartió aulas y trabó buena amistad de juventud con el futuro presidente estadounidense George H. W. Bush.

Durante la celebración de su centenario Alberto J. Vollmer ratificó con sus herederos no solo una obra que trasciende un patrimonio financiero, sino un compromiso firme de su familia con el país.
Una carambola histórica
El destino profesional le jugó después una carambola histórica. Como reseña Márquez, su sueño de estudiar Ingeniería Química en la Universidad de Cornell se frustró con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, por lo que optó por Ingeniería Civil en la UCV dentro de una promoción de 99 hombres y una sola mujer: la pionera María Luisa Silva.
Graduado en Caracas, regresó a Estados Unidos para trabajar un año entero ad honorem, ensuciándose las botas desde abajo antes de asumir cualquier mando en los negocios familiares.
Del directorio del Banco Mercantil al golpe en la mesa del Viernes Negro
Ese fogueo sin privilegios marcó su retorno definitivo al país en 1947, cuando se incorporó, junto con su hermano Gustavo, a la administración de Santa Teresa antes de protagonizar, en 1955, un deslinde estratégico clave para la modernización empresarial venezolana: mientras Gustavo asumía las riendas del recién creado Central El Palmar y, con los años, la presidencia de la junta del Banco Mercantil, Alberto José fundaba formalmente la C.A. Ron Santa Teresa para concentrarse en el arte del añejamiento.
Pero su arraigo en Aragua nunca significó aislamiento; al seguir la huella de su padre, ocupó durante años un sillón como director del propio Banco Mercantil y de su brazo estadounidense, Mercantil Commercebank, además de integrar las juntas directivas de colosos como La Electricidad de Caracas y SC Johnson de Venezuela.
Haberse sentado en las mesas donde se decidían las grandes operaciones financieras y eléctricas del siglo XX venezolano explica por qué en casa de los Vollmer los vaivenes del poder se asumían con una flema casi antropológica, y por qué su criterio pesaba tanto en tiempos de tormenta.
Los relatos familiares guardan aquella escena, tras un derrocamiento gubernamental: ante los rostros fúnebres por la incertidumbre política, la voz de mando en la sala cortó la tensión sirviendo tragos con una frase lapidaria: «¿Por qué tienen esas caras tan tristes? ¡Esto no es ningún velorio! Aquí nadie se ha muerto. ¡Lo único que pasó es que cayó el gobierno!».
Nadie salió a hacer maletas; al día siguiente había que moler caña.

Alberto J. Vollmer durante el bautizo del libro que reconoce y cuenta su legado, luego de un siglo de vida.
Esa sangre fría se puso a prueba el 18 de febrero de 1983. Cuando el Viernes Negro pulverizó el bolívar y duplicó en horas la deuda en dólares de Santa Teresa, asesores financieros, la Comisión Nacional de Valores y varios socios sugerían acogerse a facilidades o licuar el pasivo.
Entonces, Vollmer dio un golpe seco en la mesa directiva: «Aquí vamos a pagar hasta el último centavo, así tengamos que pagar con nuestra casa, así que prepárense».
Esa misma noche advirtió a sus hijos —Alberto Cristóbal tenía apenas nueve años— que se apretaran el cinturón porque el patrimonio familiar entero respaldaría la palabra dada.
La empresa honró cada dólar, salvó todos los empleos en El Consejo y renació financieramente en 1984 bajo una premisa innegociable: la solvencia moral precede siempre a la solvencia contable.
La cosecha del 26
Esa capacidad de aguantar el tiempo sin apuros le regaló una metáfora líquida insuperable durante la presentación en el Teatro Nacional del Santa Teresa 1796 XO. Cuando nació en 1926, su padre —Alberto Vollmer Boulton— apartó un lote de barricas para abrirlas cuando el niño cumpliera 21 años, pero el maestro ronero olvidó transmitir el secreto a su sucesor antes de retirarse.
Aquel «error fantástico» mantuvo el destilado oculto en la Bodega 6 hasta mediados de los ochenta, para descorcharse exactamente cuando su destinatario original cumplía un siglo de vida.
En el comedor familiar aún gravita una máxima que don Alberto escuchó de su padre y transmitió a sus hijos sin sermones: «Recuerden que son codepositarios de la nacionalidad». Hoy, con la quinta generación al frente de la operación y expandiendo la marca por el mundo sin despegar los pies de la tierra aragüeña, aquel acertijo de infancia cobra pleno sentido.
El verdadero empuje empresarial venezolano —el que sobrevive a devaluaciones, expropiaciones, guerras y cambios de siglo— no administra una herencia como privilegio privado, sino que asume cada fábrica abierta, cada cosecha y cada empleo defendido como una cuota de responsabilidad con el país que viene detrás.
Venezuela, como lo demuestra el siglo de Alberto J. Vollmer, no es una rifa ni una improvisación: es una obra de paciencia que se construye y se traspasa de generación en generación.
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