Leonardo Vera: Inestabilidad cambiaria hace que crecimiento económico no genere impacto social
El expresidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, Leonardo Vera, dijo que la vigorización del sector petrolero no se transforma automáticamente en una mejora de la calidad de vida del ciudadano, sobre todo con un Estado disfuncional e insolvente.
Venezuela inicia el segundo trimestre de 2026 bajo una paradoja estadística que define su presente económico: un crecimiento del PIB que proyecta alcanzar los dos dígitos, impulsado por el vigor de las exportaciones petroleras y el auge de los sectores como el financiero y telecomunicaciones.
Sin embargo, detrás de las cifras que celebran una expansión de entre el 12% y el 15%, se esconde una recuperación en forma de «K».
Mientras los servicios financieros y las comunicaciones disparan sus utilidades con crecimientos superiores al 30%, el aparato productivo tradicional y el consumo masivo se quedan rezagados.
Estas últimas actividades están atrapadas en una estructura de costos en la que la carga tributaria absorbe hasta el 55% de los ingresos, lo que limita cualquier posibilidad de una mejora sustancial en el poder adquisitivo del ciudadano común.
Esta desconexión entre la macroeconomía y el bolsillo se ve exacerbada por la persistente brecha cambiaria entre la tasa del Banco Central de Venezuela y el mercado paralelo.
Esta distorsión no solo presiona la inflación, sino que asfixia la reposición de inventarios para los comerciantes, quienes enfrentan un flujo de caja cada vez más esquivo.
En este escenario, la «productividad» ha dejado de ser un eslogan empresarial para convertirse en una estrategia de supervivencia extrema.
Según gremios como Fedecámaras y Conindustria, la falta de liquidez está obligando a las empresas a operar con una eficiencia quirúrgica, al tratar de no trasladar la totalidad de los costos operativos a un consumidor que ya muestra signos de agotamiento.
En medio de este ecosistema de fragilidad, el comercio minorista ha encontrado un inesperado tanque de oxígeno en las plataformas de crédito al consumo. Aplicaciones como Cashea y sus competidoras se han erigido como el único motor real de las ventas, al permitir que la microeconomía no se detenga por completo ante la ausencia de crédito bancario tradicional.
Así, el próximo mes de abril se presenta como un período de contrastes profundos: una Venezuela que brilla en los informes de las calificadoras por su producción energética, pero que en sus anaqueles y hogares sigue lidiando con la volatilidad de una moneda que desafía cualquier intento de estabilidad a largo plazo.
Leonardo Vera es uno de los economistas más destacados de Venezuela, con una trayectoria que combina el rigor académico de la Universidad Central de Venezuela (UCV) con el liderazgo institucional y el análisis de políticas públicas.
Un fenómeno progresivo
“Sí parece paradójico un crecimiento de dos dígitos con una situación económica donde el ciudadano no ha visto todavía los frutos de ese crecimiento, bueno hay que entender que una proyección de crecimiento para los próximos meses no significa que ya estamos en una situación significativamente mejor a la que estábamos dos meses atrás», expresa Vera, actualmente directivo y expresidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas (ANCE).
«El crecimiento es un fenómeno progresivo y en el caso local este crecimiento se está proyectando en función de lo que va a pasar en el sector de los hidrocarburos y en la minería que, por el momento, son los sectores donde se ha puesto un énfasis de modificaciones legales y de apertura al capital privado”, añade.
Sólo para disparar al centro de la Diana: el capital privado -dice- no llega tan rápidamente; la recuperación de la producción tanto en gas como en petróleo, como en minería no es algo que llega de la noche a la mañana.
“Hay una gran oscuridad con respecto a cuánto crudo está vendiendo Venezuela en los mercados, en Estados Unidos, en India, en España. Tampoco sabemos cuál es el precio, no sabemos cuántos ingresos llegan a las cuentas de custodia y no sabemos cómo se reparte en la cuenta de custodia lo que le toca a las operadoras”, suelta sobre el escritorio una mano de barajas que entrañan más preguntas que respuestas.
Hay operadoras tienen deudas millonarias que cobrarle a PDVSA, avanza Vera, es decir a su socio en la empresa mixta, “no sabemos cómo va al repago de esa deuda y cuánto le queda al Estado, pues le puede estar quedando un poco más, lo mismo o incluso menos. No hemos visto todavía un aumento, un incremento y que digamos sea muy por encima de la producción promedio que tuvo Venezuela el año pasado, aunque hay una recuperación en barriles diarios”, apunta.
Baja producción petrolera
Vera apunta, no obstante, que la producción de petróleo está en ese límite de entre 1.000.000 y 1.100.000 barriles diarios, “así que es lógico que a estas alturas los cambios en materia de crecimiento -y cómo ese crecimiento puede revertirse en mejoras del bienestar de la ciudadanía- no se nota, todavía”, subraya.
Por otro lado -indica Vera- “hay que entender que en el país se sigue conjugando una crisis fiscal, tenemos un Estado insolvente que debe casi 170.000 millones de dólares a acreedores internacionales y que no les paga».
De hecho, enfatiza que «no les ha pagado en varios años. Este es un Estado que tiene una deuda enorme con los trabajadores y agremiados del sector público, incluyendo a los pensionados, eso es una deuda social”, roza un borde que no es un solo vernáculo, sino que -por ejemplo- marca la hora en Europa.
Vera va rematando. Cuenta que es un Estado que también tiene un déficit enorme de servicios públicos que se manifiesta claramente en el enorme deterioro, “por donde uno se asoma pues uno ve ese deterioro”.
“Entonces tenemos una especie de Estado disfuncional e insolvente, que tiene que hacerle frente a esta situación”, aclara, al tiempo que pone sal y pimienta: la vigorización del sector petrolero no se transforma automáticamente en una mejora de la calidad de vida del ciudadano, asegura este PhD en Economía por la University of East London (1998).
Crisis multiforme
Para Leonardo Vera, hay una crisis que se manifiesta en múltiples formas: la crisis fiscal, “pero también tenemos una crisis cambiaria. Desde el último trimestre el año 2024, el régimen cambiario es otro, porque no se pudo anclar el tipo de cambio más y lo que hemos visto es una continua depreciación sin límite, por lo tanto vemos también los impactos inflacionarios que esto tiene”, afirma.
Es una situación -opina- en la cual los ingresos reales no crecen con la velocidad necesaria y, por lo tanto, esto está deteriorando el ingreso de todos los actores económicos y particularmente el de los trabajadores, “que es el que está fijo porque el sector empresarial mal que bien se ha venido defendiendo”.
El sector financiero, por ejemplo, ha logrado indexar los créditos a las variaciones del tipo de cambio, mientras el gobierno aplica tarifas en dólares y hace que los beneficiarios de los servicios públicos tengan que pagar cada vez más bolívares por el servicio que están obteniendo.
“Pero, los trabajadores no tienen un mecanismo de indexación tan eficiente como los que tienen el sector oficial y el privado, así que terminan siendo los grandes perdedores», afirma Vera.
– Mientras ese problema de la crisis cambiaria no se resuelva, vamos a tener no solamente inflación creciente, sino además esta distorsión en el sistema de precios, donde las empresas, racionalmente, compran productos o insumos a un tipo de cambio paralelo, pero están obligadas venderlos a un tipo de cambio oficial y, por lo tanto, entonces tienen que ajustar constantemente los precios para no perder. Esta es una dinámica muy perversa”, indica, a manera de conclusión, el economista Leonardo Vera.
Al final, la Venezuela actual se parece a un reloj de alta precisión cuyas agujas de oro —el petróleo y las finanzas— giran a toda marcha, mientras el engranaje del consumo popular se mueve con una lentitud de hierro.
El país no solo enfrenta el reto de sostener su crecimiento de doble dígito, sino el desafío ético y económico de que ese bienestar deje de ser un gráfico de barras exclusivo para las élites y se convierta en pan sobre la mesa.
Entre la euforia de las proyecciones macro y el pragmatismo del crédito digital, queda una certeza: mientras la brecha cambiaria siga dictando el ritmo del hambre y la productividad sea un grito de supervivencia bajo el peso de los tributos, el «milagro» venezolano seguirá siendo una sinfonía inconclusa que suena muy fuerte en los despachos, pero que todavía no se baila en la calle.
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