La verdad histórica detrás de San Valentín

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La verdad histórica detrás de San Valentín



Actualmente el día de San Valentín o Día de los Enamorados tiene poco que ver con la fiesta que le dio origen. Esta jornada de dicha y felicidad, donde se regalan peluches, chocolates y flores, está basada en las Lupercales, un festival de depravación organizado en la Antigua Roma para lograr que los jóvenes se iniciaran en las relaciones sexuales. Por si fuera poco, la vida del religioso al que (según la versión más extendida) se rinde culto este 14 de febrero no es menos trágica, pues era un médico que terminó ajusticiado por oficiar matrimonios clandestinos en contra de las órdenes del emperador Claudio II.

Hay muchas teorías que hacen referencia al origen de San Valentín. Lo que sí está claro es que la Iglesia Católica decidió honrar a este religioso el 14 de febrero para ocultar la tradición romana de las Lupercales. El historiador y periodista Jesús Hernández en su libro «¡Es la guerra!» dice que «la fiesta fue instaurada en el año 498 por el papa Gelasio I, probablemente en un intento de eliminar la efeméride pagana de las Lupercales, que se celebraban el 15 de febrero. Un festejo relacionado con el amor y la reproducción».

San Valentín
Tal y como explica Hernández en su obra, Valentín era ya obispo en Terni (Italia) cuando Claudio II Gótico (214-270 d.C.) prohibió a sus combatientes contraer matrimonio porque consideraba que «los soldados que estaban casados pecaban de conservadores en el campo de batalla en unos momentos en los que las fronteras se veían acosadas». La medida pareció sumamente excesiva al religioso, que se avino (en palabras de este conocido autor español) «a celebrar en secreto las bodas de aquellos soldados que no querían cumplir esa orden del emperador».

Como era de esperar, cuando fue descubierto fue apresado por Claudio II, quien no tuvo piedad y le decapitó el 14 de febrero del año 269.

Existe otra versión sobre esta historia. Según se explica en el informe «El día de San Valentín» (editado por la Consejería de educación en el Reino Unido e Irlanda), Valentino era un cristiano del siglo III que continuó practicando su religión a pesar de la prohibición romana.

Sus actos le llevaron a la cárcel, donde uno de los guardias le pidió que diese clases a su hija ciega. Tras varios días, la chica recuperó la vista y se convirtió al cristianismo. «La víspera de la ejecución, Valentino envió una última nota a la niña pidiéndole que se mantuviera en la fe […] Al día siguiente, 14 de febrero, Valentino fue ejecutado. Sus restos se conservan en la Basílica de su mismo nombre, en Terni, donde cada año, el 14 de febrero, las parejas que van a casarse celebran un acto en honor del Santo», reseña el informe.

Lupercales
Fuera cual fuese la historia de Valentín, la realidad es que fue usada para hacer olvidar las Lupercales, unas fiestas cuyo origen, según explica el autor Jean-Noël Robert en su obra «Eros romano: sexo y moral en la antigua Roma», se consideraba ya entonces mitológico. «Se trataba de una de las ceremonias más arcaicas, ya que numerosos especialistas coinciden en decir que se remontaba a los tiempos del caos, mucho antes de la fundación de Roma, en la que sin duda se hacían sacrificios humanos», señala.

Oficialmente, la fiesta se celebraba en la misma cueva (la Lupercal) en la que se creía que una loba había amamantado a los fundadores de Roma (Rómulo y Remo).

Desde aquella gruta se iniciaban las Lupercales de manos de un sacerdote que comenzaba la fiesta sacrificando un carnero en honor a Fauno (el dios de la naturaleza). Posteriormente, y con el mismo cuchillo, el religioso untaba la cara de dos «lupercos» o «luperci» (los jóvenes que debían pasar por el ritual) con la sangre del animal. A continuación, y tras ser limpiados, los chicos debían reírse para emular la victoria de la vida sobre la muerte de los mismos Rómulo y Remo.

Una vez que habían sido ungidos por el sacerdote, estos dos jóvenes (que casi siempre iban desnudos, o ataviados únicamente con taparrabos fabricados con la piel de los animales sacrificados) salían de la gruta. El ritual no acababa en este punto, sino que iniciaban una carrera depravada a través de Roma por un itinerario previamente planeado. Un trayecto que llevaban a cabo gritando obscenidades y dando latigazos.

El principal objetivo eran las mujeres en edad de ser madres, porque creían que estos azote contribuían a su fecundidad. Para las chicas jóvenes era todo un privilegio recibir un correazo, pues entendía que, con él, los dioses no tardarían en bendecirlas con un hijo.

A pesar de todo, los autores le atribuyen varios significados a esta fiesta. Robert señala, por ejemplo, que mediante aquella carrera la «ciudad revivía sus primeros momentos, aquellos en que había pasado de la barbarie y el caos a la civilización, a una nueva vida».

Otros tantos son partidarios, por el contrario, de que la ceremonia era principalmente un rito de iniciación entre los más jóvenes. El autor Pierre Jacomet es uno de ellos. El escritor afirma en una de sus obras que aquellas eran «ceremonias destinadas a alejar el miedo a la sexualidad, el temor de ser incapaz, el terror a no poder cumplir con el ritual de la fertilidad, que es la cópula, a perder la calidad de ciudadano del mundo».

¿Qué sucedía después de la carrera? Las teorías son varias. Algunos autores como Jon Juaristi explican en «El bosque originario» que las Lupercales podrían incluir «ritos orgiásticos como la prostitución propiciatoria de las pastoras». Robert, por su parte, añade que ese día también se celebraban otros tantos rituales como «el sacrificio de un perro», una invocación a Juno, o un banquete.

Tomado de ABC

 

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