Inflación: Causas, consecuencias y cómo entenderla en la realidad venezolana
Marcado por la experiencia inédita de la hiperinflación, el país transita una etapa en la que se busca la estabilidad de precios, una meta elusiva para la nación desde los 80. Entender los elementos de ese proceso es clave para tomar decisiones.
El alza de los precios es un fenómeno común en todos los países. Lo que marca la diferencia es la velocidad con la que estos crecen. Desde mediados de los años 80, los venezolanos aprendimos a vivir con un ritmo acelerado en el valor de los bienes y servicios que rompió todas sus marcas históricas con la hiperinflación y que ahora busca un camino hacia niveles más bajos en un nuevo contexto económico.
Entender la inflación y controlarla ha sido uno de los objetos de estudio de la economía desde sus inicios. La labor de los bancos centrales de mantener el valor de la moneda y del Gobierno de evitar brotes inflacionarios son de las tareas más complicadas que enfrentan quienes dirigen los países. No obstante, mantener ciertos niveles aceptables de variación de precios es un tema que está resuelto en la mayor parte del mundo.
Para acercarnos mejor a este fenómeno partamos por definirla. El glosario de términos del Banco Central de Venezuela (BCV) señala que «es el aumento generalizado y sostenido de los precios de los bienes y servicios que se comercializan en un territorio durante un período determinado».
En el día a día, lo vivimos cuando sabemos que cada vez los productos que consumimos cuestan más que la vez anterior que los adquirimos. Para precisar cuánto se encarecieron, en el país la medición la hace el BCV y sus resultados se pueden apreciar en tres cifras claves: la variación mensual (se compara con el mes previo), la acumulada (el alza en los meses transcurridos del año) y la interanual (en contraste con el mismo mes del año anterior).

Por ejemplo, el dato más reciente indica que en septiembre los precios subieron 8,4%. Esto indica que el promedio ponderado de todos los bienes y servicios que mide el BCV se incrementaron en esa proporción.
El número es diferente para cada rubro, incluso para cada familia, dependiendo de sus patrones de consumo, pero existe consenso para tomar esa medición como una referencia general. Siguiendo con septiembre, la inflación acumulada se ubicó en 225,3%, es decir, entre enero y septiembre los precios han crecido ese porcentaje. Finalmente, si se compara con el mismo mes del año pasado, tendremos que la variación fue de 465,6%.
Una cifra más baja (en cualquiera de sus tres formas de analizarla) no indica que los precios bajaron, sino que subieron, pero a un menor ritmo, por ello en ese caso se habla de desaceleración. Es lo que viene ocurriendo en 2026. Por tomar solo un dato, la acumulada de septiembre de este año es inferior a la del mismo mes del año pasado (225,32% vs 230,9%, respectivamente). Eso indica que la velocidad de la inflación se va reduciendo, aunque siga siendo alta y los precios no disminuyan.
La precisión de la medición
La mayoría de los bancos centrales publican adicionalmente indicadores de inflación núcleo o subyacente, que permiten observar mejor la tendencia de los precios al excluir o reducir el peso de componentes especialmente volátiles como algunos alimentos y productos energéticos.
De esta manera, se busca identificar las presiones inflacionarias más persistentes, más allá de movimientos temporales. En Venezuela, el BCV dejó de publicar ese dato hace más de 10 años. Lo mismo ocurre con otros indicadores de precios como mayoristas, de la construcción y de la industria manufacturera, que serían un insumo útil para la planificación y estudios económicos.

El proceso estadístico suele regirse por estándares internacionales, por lo general acordados con instituciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI) en procura de tener información confiable que permita los ciudadanos y a las empresas planificar. No obstante, en la medición venezolana, hay algunos elementos actuales que, si bien no invalidan la medición, hacen que esté rezagada con respecto a la realidad del país, especialmente por los cambios en los patrones de consumo, tras la larga recesión.
El año base que usa el BCV es 2007 (casi 20 años) y la canasta de productos con la que se mide fue elaborada en 2005; ambas son las más viejas de América Latina, lo que significa que se está haciendo una medición como si los venezolanos consumiéramos bienes y servicios actualmente como hace dos décadas. No tenemos duda que es uno de los temas que las autoridades actuales del organismo emisor estén conversando en las asesorías técnicas que recibe del FMI y de otras instituciones.

A mediados de octubre, Dora Iakova, subdirectora del Departamento del hemisferio occidental del FMI, dijo: «Empezamos a trabajar con el gobierno y nos han estado enviando muchos datos sobre cuentas nacionales y sobre estadísticas monetarias (…) nos hemos involucrado en brindar mucha asistencia técnica para el desarrollo de capacidades enfocada en mejorar la calidad de los datos».
¿Qué genera que la inflación se salga de control?
Es habitual culpar al comerciante, que es quien cambia los precios, pero la inflación es resultado de la suma de conductas de miles de individuos, y sus causas pueden ser múltiples, aunque en el centro suele estar la cantidad de dinero circulante. El premio Nobel de Economía, Milton Friedman lo resumió así: «La inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario». Al rededor de ese «fenómeno monetario» giran otros factores como el gasto público, las expectativas, la disponibilidad de divisas y el tipo de cambio.
Desde principio de los 80, se hizo habitual en el país que cuando el Gobierno no contaba con los recursos (por la caída del precio del petróleo o la producción de crudo) para cumplir sus compromisos recibiera un financiamiento de parte del BCV y así lanzaba a la calle dinero que no tenía un sustento real.
Esto se agudizó con el paso del tiempo y el financiamiento del gobierno por parte del BCV se hizo crítico a niveles extremos y terminó generando una hiperinflación que ha quedado marcada en la vida de los venezolanos.

El glosario de términos del BCV define la hiperinflación como un «período caracterizado por una tasa de inflación extremadamente elevada». Un criterio bastante extendido es el propuesto por el economista Philip Cagan quien situó la tasa en 50% mensual por al menos tres meses seguidos para que sea considerada una hiperinflación y que se daba por terminada cuando no se presentaba de nuevo sobre esa marca por un año corrido. Es lo que ocurrió en Venezuela entre 2017 y 2021.
Aunque suele atribuirse la hiperinflación venezolana exclusivamente a la emisión de dinero sin respaldo, un estudio del economista Pedro Atienza Montero publicado recientemente en la revista Kyklos propone que el proceso fue más complejo. En una primera fase (2013–2017), fue la abrupta depreciación del tipo de cambio paralelo la que empujó al alza los costos y precios de la economía. No fue sino hasta la etapa hiperinflacionaria más aguda (2018–2021) cuando la creación desmedida de moneda nacional tomó el relevo como la causa principal del fenómeno.
Por otro lado, los trabajos de Robert E. Hall y Michael Woodford, galardonados este año con el Premio Nobel de Economía, ayudan a comprender la importancia de las expectativas en el comportamiento económico.
Sus investigaciones contribuyeron a desarrollar modelos macroeconómicos que incorporan las decisiones de los hogares y las empresas y la influencia de las políticas monetarias y fiscales sobre sus expectativas. En particular, Woodford destacó la importancia de la credibilidad y de la comunicación de los bancos centrales para influir en las decisiones económicas y mantener la estabilidad de los precios.
¿Cómo se frena la inflación?
Los más golpeados por la pérdida del poder adquisitivo son los pensionados, los asalariados y quienes no tienen acceso a dólares ni a instrumentos para proteger sus ahorros. Además, cuando los precios cambian a diario, las familias y las empresas pierden la capacidad de planificar. Si no se sabe cuánto costará la materia prima el próximo mes, es más difícil invertir, producir y contratar. ¿Cómo se pone freno a esta espiral que en Venezuela ya acumula tanto tiempo?
Una inflación en niveles aceptables, incluso con metas claras, es una constante en la mayoría de los países. La experiencia internacional, incluida la de países de la región que superaron episodios similares a los vividos por Venezuela, muestra que ese es un paso fundamental, pero que se va armando poco a poco con decisiones como orden fiscal, es decir, que el gasto público se financie con ingresos reales y no con dinero creado por el banco central.
A esto hay que sumar estabilidad cambiaria, porque un tipo de cambio predecible ayuda a anclar los precios y las expectativas. Algunos países proyectan metas de incremento mensual del tipo de cambio, así como proyecciones anuales o trimestrales.
Los trabajos de Woodford apuntan que una de las herramientas principales de un banco central para frenar la inflación es construir credibilidad. Si la autoridad monetaria convence al público de que protegerá el valor de la moneda, las expectativas de inflación bajan.
Claramente un mayor producción y oferta de bienes y servicios disponibles alivian la presión sobre los precios, algo que depende de la inversión y de los ingresos en divisas (y en el caso venezolano del mercado petrolero, principalmente).
Dice el economista Nail Ferguson en su libro, El Triunfo del dinero, que «el dinero es una cuestión de creencia, incluso de fe: de creencia en la persona que nos paga, de creencia en la persona que ha emitido el dinero que emplea para hacerlo o en la institución que respalda sus cheques o transferencias. El dinero no es metal, es confianza escrita».
En Venezuela, el enorme reto que se presenta es la necesidad de que se adopten las medidas para que se recupere la confianza en la moneda y en las instituciones. El Gobierno ha descartado una dolarización, así que las decisiones que adopte apuntarán a retomar la confianza en el bolívar, un camino que requiere de un plan que genere expectativas de estabilidad, que se considere sostenible en el tiempo y que no depende de los vaivenes políticos.
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