05/05/2026 08:41 AM
| Por Banca y Negocios (Exclusivo)

#Análisis Bimonetarismo peruano: ¿Cómo se aplicó el modelo que se propone para Venezuela?

El país andino pasó de la hiperinflación a la convivencia de monedas bajo un esquema que resultó en estabilidad y crecimiento, una realidad económica que los mismos migrantes venezolanos han podido experimentar.

#Análisis Bimonetarismo peruano: ¿Cómo se aplicó el modelo que se propone para Venezuela?

Una de las cosas que más rápido debe aprender un migrante es el uso del dinero en el país donde busca oportunidades. Para los millones de venezolanos que salieron en la última década era inusual y a veces confuso encontrarse con países, como Perú, donde las monedas se usan con mucha frecuencia o donde el vuelto de céntimos es clave para no desbalancear el bolsillo.

¿Cómo fue posible que ese tipo de estabilidad se diera y perdurara? Precisamente, la nación andina es un ejemplo de equilibrio y ha sido propuesto como modelo para plantear un «bimonetarismo bien administrado».

Desde la década de 1990, Perú ha protagonizado una de las transformaciones económicas más fascinantes de América Latina.

Tras sobrevivir a un colapso hiperinflacionario, el país andino diseñó un sistema bimonetario, un enfoque pragmático muy admirado por su notable capacidad para generar una fuerte estabilidad macroeconómica y lograr posicionar al sol peruano como una de las divisas más sólidas de la región, aunque detrás de las relucientes cifras de crecimiento, aún persisten profundas fracturas sociales.

De la hiperinflación a la convivencia de monedas

Para entender el bimonetarismo peruano, resulta necesario regresar al severo trauma de los años ochenta.

En 1990, la inflación alcanzó 7.650%. El Banco Central de Reserva del Perú emitía dinero sin respaldo alguno para poder financiar el elevado déficit estatal, lo cual pulverizó el valor del inti (el inti se introdujo en 1985 como una moneda de transición entre el sol peruano y una nueva moneda que se introduciría más tarde, el «nuevo sol»).

Como un mecanismo de supervivencia, los ciudadanos se refugiaron masivamente en el dólar. Se llegaron a emitir billetes de 5 millones de intis (hoy el de mayor denominación es de 200 soles y ha sido así desde 1995) y la moneda estadounidense abarcó una proporción de 80% de los depósitos y créditos.

#Análisis Bimonetarismo peruano: ¿Cómo se aplicó el modelo que se propone para Venezuela?

La solución técnica de 1991 fue drástica: se aplicó una reconversión monetaria y un millón de intis pasaron a equivaler a un nuevo sol. Pero el verdadero gran pilar del éxito llegó con la Constitución de 1993, que garantizó la autonomía absoluta del banco central, prohibiéndole financiar al gobierno (algo que también está en la carta magna venezolana).

Así nació este modelo pragmático que legaliza y acepta la libre circulación del dólar junto con la moneda local, mientras el Estado trabajaba arduamente para devolverle el atractivo al sol.

La libre convertibilidad es tan amplia en la actualidad que en mercados populares de muchos barrios de Lima se puede encontrar una casa de cambio en la cual comprar o vender dólares, o casillas de este tipo en los centros comerciales, así como es posible el envío y recepción de remesas directamente en dólares.

Las claves de un éxito macroeconómico

El éxito peruano no erradicó el dólar por decreto, sino que generó una sólida confianza. La entidad monetaria implementó metas de inflación de entre 1% y 3% anual y ha logrado igualar la estabilidad de distintas economías desarrolladas.

Además, aplicó una política de «flotación sucia», interviniendo en el mercado cambiario para evitar saltos bruscos sin llegar a fijar precios artificiales.

Este firme esquema está blindado por inmensas reservas internacionales que pasaron de 1.890 millones en 1990 a 97.626 millones de dólares (siete veces más que las de Venezuela) al cierre de abril.

#Análisis Bimonetarismo peruano: ¿Cómo se aplicó el modelo que se propone para Venezuela?

Con encajes bancarios más altos para el dólar, se desincentivó el crédito en moneda extranjera, logrando reducir la dolarización financiera del 80% en los noventa a un manejable 25,9% en 2019.

Todos estos resultados fueron claramente tangibles: el PIB per cápita creció a una tasa de 6,6% anual entre 2004 y 2013, mientras el país ganaba el grado de inversión otorgado por las calificadoras de riesgo.

Desigualdad y fragilidad estructural

A pesar del crecimiento, el milagro no llegó a todos. El rigor fiscal convive con una dramática fragilidad social. La informalidad laboral hoy castiga al 70% de los trabajadores, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) dejándolos al margen de cualquier red de protección.

Fue esa misma informalidad la que conocieron cientos de miles de venezolanos en ese país, con salarios por debajo del mínimo o en empleos sin contratos, pero en una moneda que no perdía valor y podían no solo vivir, sino también enviar dinero a sus familias.

Las brechas son alarmantes. En vastas zonas rurales, el 80% de las viviendas carece de desagüe, y existen grandísimas disparidades en sectores como salud y educación. La pandemia dejó expuesta esta triste vulnerabilidad, elevando nuevamente la pobreza, que en 2025 alcanzó el 25,9%.

A escala internacional, el caso peruano se proyecta como una valiosa hoja de ruta para Venezuela, frente a otras opciones como la dolarización plena. Las lecciones son claras: cualquier cambio monetario resulta inútil sin una estricta disciplina institucional.

Para estabilizarse, Venezuela necesita obligatoriamente otorgar independencia absoluta a su banco central (algo ya establecido en la Constitución), cortar el financiamiento del déficit fiscal y desarrollar formalmente el bimonetarismo.

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