Reino Unido sigue estancado por una crisis que paraliza la gobernabilidad

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El experimento de la ruptura entre Reino Unido y la Unión Europea continúa en el laboratorio de pruebas, a la espera de la resolución de la fuga de cerebros catalizada por el Brexit. La línea dura adoptada por Bruselas apenas ha impresionado a una clase política británica cuya prioridad más urgente se halla lejos del botón de salida e, incluso, de la gobernación de un país en estado de stand-by desde que David Cameron anunciase en febrero la fecha del referéndum.

Mientras el continente demanda respuestas, el debate al norte del Canal sigue enrocado en luchas internas por el liderazgo de los partidos llamados a repartirse el poder. Los efectos de este compás de espera no hacen más que aumentar una incertidumbre de vértigo para una plaza que acaba de perder la triple ‘AAA’ de las tres principales agencias de calificación y que ha visto ya cómo el banco central se plantea adentrarse un paso más en el territorio desconocido de la heterodoxia monetaria.

En la calle, la sociedad aparece notablemente dividida ante un resultado que ha dejado una mezcla de rabia, frustración y negación de la realidad en prácticamente la mitad de la ciudadanía. Transcurridas apenas horas del veredicto del 23 de junio, el planteamiento de un segundo plebiscito dominaba la porfía post-Brexit y, pese a la insistencia de los aspirantes a ocupar el Número 10 de que no hay marcha atrás, las iniciativas ciudadanas para revisar el resultado no han hecho sino aumentar la temperatura de una comunidad confundida ante el caos político y la confirmación de que Cameron no mentía cuando aseguraba que no había «plan B».

De momento, sus demandas han encontrado eco en quienes hasta el pasado año constituían los socios minoritarios de la coalición de Gobierno, los liberal-demócratas, la formación británica tradicionalmente más pro-Bruselas. Aunque su alineamiento con los conservadores les hizo pagar un elevado precio en las urnas, al quedar relegados a cuarta fuerza, con tan sólo ocho diputados, su propuesta de replantear el vínculo comunitario, bien a través de una segunda votación, o en unas generales, siempre que se celebrasen antes de la materialización del divorcio, los recoloca en el panorama político y mantiene viva la esperanza de quienes se resisten a aceptar la resolución de una consulta que ha sumido a Reino Unido en un marasmo político, económico e institucional.

Es difícil hallar en la historia reciente un antecedente en el que la incertidumbre sea de tal magnitud y su impacto haya creado tal brecha no sólo en la sociedad, sino en los cimientos mismos de una de las democracias más antiguas del planeta. El cuestionamiento del resultado, no sólo a pie de calle, sino en el propio Parlamento, la estampida provocada en partidos inmersos en luchas cainitas propias de una obra de William Shakespeare y la evidente desconfianza de los mercados aumentan el sentido trágico de una consulta originada exclusivamente para aplacar el fuego que la UE generaba en los conservadores.

Objetivos, en el aire

La votación supuso gasolina y el incendio se ha extendido a todos los estratos de un país que además de ignorar quién será su próximo primer ministro, tendrá que aceptar la inédita imposición de que penas 150.000 militantes de un partido lo elijan. Cinco candidatos aspiran al puesto y quien se lo lleve tendrá que asumir no sólo la titánica tarea de retirar a Reino Unido de la UE sin manual de instrucciones, ni ensayos previos, sino que deberá proteger la estabilidad interna y, crucialmente, una recuperación sobre la que han empezado a surgir inquietantes signos de interrogación.

Por lo de pronto, el objetivo fundamental de la legislatura, la consecución del superávit en 2020, ha ido directamente al cajón de los descartes. Los desafíos del Brexit para el fisco obligan a ser «realistas», por lo que el nuevo Gobierno deberá replantearse objetivos fiscales para los que tendrá escasa información.

Si el presente mandato estaba diseñado para ser el último de la era de la austeridad, los ajustes irán más allá de 2020, si bien resulta virtualmente imposible determinar la hoja de ruta de una administración que si había destacado por algo hasta ahora, era por su determinación fiscal y la claridad de plazos que, aunque complicados, estaban marcados a fuego en los mandamientos de un Ejecutivo que ha sucumbido al terremoto Brexit.

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