Las protestas de calle se han hecho sentir en algunos puntos clave de las ciudades y se han masificado a través de las redes sociales. No todos marchan o al menos, no todos marchan siempre. Hay quienes se han dedicado por completo a estos movimientos sociales, como si de un nuevo trabajo o proyecto se tratase y hay otros quienes continúan sus vidas como si nada.

Muchos pensionados ocupan su tiempo libre en las actividades de calle, varios estudiantes han cambiado el pensum por los escudos y hasta los niños de la calle abandonaron sus esquinas y semáforos y se volvieron improvisados guerreros de franela. Muchos participan, pero no todos viven la protesta de la misma manera.

Teresa Rodríguez, 29 años

“Soy asmática desde pequeña y lo acepto, no se me dan muy bien las multitudes. Marché hasta el 2014, en ese año siento que cambió todo. Estoy traduciendo para un blog creado en Inglaterra llamado Raising Venezuela. En las últimas semanas me he dedicado por completo a recolectar donaciones e insumos médicos para distintas organizaciones de rescate. Monitoreo cuidadosamente cada manifestación para informar y alertar oportunamente a todos mis familiares y amigos que asisten. En medio del caos económico también intento recaudar fondos para alimentar diariamente a todos los perritos en situación de calle con los que me cruzo. Estoy ideando un proyecto para llevar bandejas de comida a las personas de la calle. Trato de hacer país con humildad mientras los verdaderos héroes están en la calle”.

Elena Rivera, 32 años

“Trabajo desde mi casa, por lo que puedo organizarme para poder asistir a las manifestaciones. Me despierto más temprano, adelanto algo de trabajo antes de salir y al regresar. En el regreso siempre es más complicado concentrarse. Llegas de vivir emociones muy fuertes y te metes al Twitter directamente. A veces las noticias son tan devastadoras que no puedo ser productiva laboralmente. Por eso adelanto lo más que pueda en las mañanas. A pesar de ir a casi todo lo que puedo, he tenido una impresión negativa de las últimas manifestaciones. Veo mucho odio, resentimiento y ego por parte de algunos chamos de la resistencia. La anarquía comienza a ser más fuerte que cualquier escudo de madera. El otro día vi como un niño de 10 años con la cara cubierta, amenazaba a una señora mayor que caminaba por la calle. En medio de su discusión le ofreció quemarla vida. Eso me parece grave, me hace querer alejarme de las manifestaciones y avizoro el objetivo final mucho más lejano”.

Luis Rojas, 30 años

“Me gusta ir a todas las manifestaciones. Siento que, aunque apoye desde atrás, esa es mi manera de colaborar con la causa. No me gusta estar al frente, siento además que no tengo las condiciones para hacerlo, pero se resiste desde la gran masa. Trabajo en un colegio, por lo que mi horario es bastante flexible y puedo darme el lujo de asistir. No todos tienen la misma suerte, el país, lo poco que queda de él, debe salir adelante. La gente tiene que trabajar duro, porque es la única manera de sostenernos”.

Gabriela Silva, 25 años

“No marcho, no lo hago porque siento mucho miedo. Mis familiares o mis amigos más allegados tampoco lo hacen, entonces no me siento tan rara. Mi papá tiene un negocio muy cerquita de una de las zonas de `conflicto’ pero nunca hemos pasado sustos. Yo trabajo con él y me levanto temprano en las mañanas para echarle pichón, como dicen. Prefiero trabajar que marchar, muchas veces siento que es una lucha mediática que no traerá ningún efecto. Intento aislarme un poco de las noticias, porque la verdad es que siento que todo lo que envuelve a las protestas es oscuro, si caigo en ese espiral puedo terminar volviéndome loca. Veo algunas personas de mi trabajo pegados a las redes sociales todo el día, en los videos siempre suenan gritos, me atormenta escucharlo. No entiendo cómo alguien que no participa activamente puede pasar el día viendo esas cosas y opinando desde una posición cómoda.  Es como las viejas que ven la novela y le gritan indicaciones a los protagonistas, es ilógico… Nadie las escucha. Los que quieren hacer algo tienen chance para ayudar de muchas formas, viendo videos no creo que logren mucho cambio”.

Marianne Rodríguez, 52 años

“Yo soy demasiado nerviosa, no puedo ir a las marchas. Desde hace unos meses me reúno con un grupo de amigas. Pintamos cascos, escudos, chalecos improvisados y los mandamos a las marchas. Es sentir que estamos poniendo nuestro granito de arena desde una trinchera muy particular. Mi cuñada se reúne también con sus hijas, con sus vecinos y sus amigas y cocina grandes cantidades de comida. Se las llevan a los chamos de las manifestaciones. Cada quien hace lo que puede, colabora como puede. Hasta los que están afuera ponen de su parte, son nuestra voz en el extranjero, nos abastecen como pueden con insumos”.

Isabella Salas, 22 años

“Yo iba a las marchas con mis papás, sobre todo a las de los fines de semana. Hasta que decidí que necesitaba hacer algo más. Me uní a un curso de primeros auxilios en mi universidad para poder asistir a los famosos cascos. Estuve yendo varios fines de semana y aprendí cosas muy básicas. Jamás me meto con los que van prácticamente en la línea de fuego, pero me ha encantado ser parte de esta organización. Quiero dar todo mi apoyo”.

Comentarios