Federer vence a Nadal y se consagra campeón en Australia

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Esta vez las lágrimas fueron de alegría. Roger Federer, 35 años, en su regreso a la competición después de seis meses lejos de las pistas, venció a Rafael Nadal por 6-4, 3-6, 6-1, 3-6 y 6-3.

En una asombrosa reacción en el quinto set, cuando el esquivo destino caía a plomo sobre sus espaldas, Roger Federer venció a Rafael Nadal y se hizo por quinta vez con el Abierto de Australia. El triunfo posee una significación extraordinaria. Es, además, su decimoctavo ‘grande’, con el que rompe nueve años de derrotas en los torneos de este rango con el rival que ayer contaba con ‘break’ arriba en el parcial definitivo después de neutralizar por dos veces la ventaja adquirida por el suizo.

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Otra vez a cinco sets, con la dosis de entereza y dramatismo que señala sus mayores hazañas, Rafael Nadal culminó su espectacular retorno a las pistas con la conquista de su segundo Abierto de Australia, su decimoquinto ‘grande’. El español superó a Roger Federer por 4-6, 6-3, 1-6, 6-3 y 6-4, después de tres horas y … en una final que no defraudó lo mucho que se esperaba de ella. Una vez más, el español acabó por desactivar a un rival que tuvo muchos momentos sublimes pero no pudo conducir su propuesta a feliz término.

Nadal, que asciende al número 4 del ránking, supera los 14 ‘majors’ de Sampras y queda a dos de Federer, varado en esa cifra desde que ganó en 2012 su séptimo Wimbledon. El último torneo de esta categoría que cayó en manos del zurdo fue Roland Garros, en 2014. Se trata también de su primer título en pista dura desde que ganó en Doha hace tres años. Es el primer jugador de la era profesional que gana los cuatro títulos del Grand Slam al menos en dos ocasiones: dos veces en Australia, Wimbledon y el Abierto de Estados Unidos y nueve en Roland Garros.

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En un partido magnífico, sujeto a constantes alternativas, el español tuvo la inteligencia y fortaleza que le permitieron que se cumpliera el guion. Atendido en su pierna derecha tras el cuarto set, Federer entró en los instantes decisivos golpeado severamente por la memoria. Eran nueve años sin ganar a Nadal en un torneo del Grand Slam, desde la final de Wimbledon 2007. Tuvo el triunfo de cara, pero llegado a un desenlace en el quinto, sus opciones se reducían considerablemente. Se le escapó el saque de inicio y perdió a continuación dos opciones de recuperarlo. Otra más se le escaparía en el cuarto. Y una más en el sexto. Nadal sacaba lo mejor de sí en los momentos culminantes.

La salida de Federer fue espectacular. Modeló pronto el partido que le gusta. Proyectado por el servicio o por la agresividad en el resto, consiguió que los intercambios, cuando los hubo, resultaran breves. Sabe que es la única manera de ganar a Nadal, imponer su estilo, no dejarle pensar. Vimos a un Federer sumamente reconocible, fresco, rápido, preciso, aún ajeno al pasado que le persigue en la larga historia compartida con su rival. Hay algo incontenible en el suizo cuando entra en trance. Ni siquiera Nadal, su mejor antídoto, el látigo que más le ha golpeado a lo largo de su colosal carrera, puede encontrar alternativas cuando viaja con el marcador de cara y exige unas condiciones que sólo él es capaz de cumplir.

Melbourne asistía a un espectáculo formidable, al que tardó poco en incorporarse Nadal. Era una final soñada, que difícilmente se podrá repetir, un partido cuyo desarrollo justificó plenamente las expectativas. La división en la grada no suponía ni mucho menos una fractura. Desde las pacíficas trincheras casi se disfrutaba por igual de lo sucedido a ambos lados de la cancha.

El español logró revertir la situación en el segundo parcial, enmarañando el juego, creando las suficientes dudas en su adversario. Recuperó por momentos la ascendencia anímica que tiene en la dilatada serie de enfrentamientos. Pero con el partido igualado, el suizo exhibió nuevamente toda su destreza. Nadal no conseguía la longitud necesaria en sus golpes, que encontraba respuesta vertiginosa en la danza diabólica de Federer, fino con también el revés, presto a conquistar la red, siempre cerca de la línea, atacando rápido la pelota.

La durísima semifinal contra Dimitrov no minó el ánimo del español. Si alguien es inmune al desaliento en circunstancias tan delicadas, ése es Rafael Nadal, que logró el ‘break’ en el cuarto juego y llevó el partido a un territorio peligrosísimo para Federer. Lentamente, empezaban a observarse síntomas inquietantes en la raqueta del tetracampeón del torneo, víctima de una cierta ansiedad, sin la finura con la que se había desenvuelto para quedar a sólo un set de la victoria. Poco importaban las 18 horas y 59 minutos con las que se presentaba Nadal en la final, frente a las 13 horas y 40 minutos del helvético.

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