Dicen que Australia es la nueva tierra prometida

// Alfredo Aranda, Forbes.es


Vivimos tiempos donde lo impensable se hace realidad, tiempos en los que la Historia parece burlarse de sí misma con hechos de dimensión paródica que creíamos desterrados pero que se empeña, inexorable, en repetir. El triunfo de Trump es uno de esos hechos históricos que conmociona a la Humanidad porque probablemente ésta intuye que algo grande acaba de acaecer; pero a diferencia del triunfo de Barak Obama, cuya victoria contagió al mundo entero de que la esperanza no había muerto, articulando un logos alentador y quizá único en la reciente historia estadounidense porque asumía el respeto a la diferencia en la convivencia; hoy, el mundo tiene la sensación de que con Donald Trump se adentra en lo desconocido.

La campaña electoral estadounidense ha sido la cita más lamentable y deprimente de la joven historia de este país con dos candidatos sin liderazgo, antagónicos y representantes de dos visiones contrapuestas de un mundo en una aguda crisis: una Hillary Clinton miembro del establishment blanco, de los WASP bostonianos, ricos y elegantes a la europea, y amiga de Wall Street: exactamente lo más odiado por el americano medio que se siente perdedor, algo que en ese país no se perdona; y en el otro rincón nuestro protagonista: Donald Trump, un rico de familia que se hizo aún más rico especulando en el mercado inmobiliario, anti-establishment, repudiado por el aparato del Partido Republicano, y con un discurso evocador de la mejor tradición aislacionista y nacionalista de Estados Unidos. Y le ha elegido ese americano medio, que incluso detesta el Obamacare, perteneciente a la América profunda que se siente pobre porque lo es, porque la brecha de la desigualdad en Estados Unidos ha aumentado la marginalidad, porque los mayores empleadores del país son las cadenas de comida rápida, porque la deslocalización de industrias ha arrojado al paro a miles de familias, y porque se cree el mito de que el pueblo americano ha sido elegido por Dios para gobernar el mundo, y vivir, como proclama su Constitución, felices. Y aquí está Trump, el tramposo; ha actuado como ese líder espiritual –figura tan emblemática en la mitología política estadounidense—que va a guiar al rebaño hacia la América grande, con todo su desprecio al derecho y compromisos internacionales, y con su machismo y racismo apenas ocultados. Este es el hombre que ha elegido el pueblo americano para sustituir al que probablemente ha sido el mejor Presidente de EEUU desde Franklin D. Roosevelt.

Incardinar este acontecimiento con el Brexit, la crisis económica y financiera internacional, la debilidad de liderazgos en el mundo, y con una crisis de civilización entre Occidente y el sectarismo islamista es inevitable, como también lo es preguntarse qué Estados Unidos saldrán después del mandato de Trump. El Presidente Obama en un discurso memorable reconoció que Estados Unidos ya no puede ejercer en solitario el puesto de gendarme del mundo, y así lo demostraron las negociaciones para sellar la paz con Irán, un sapo duro de tragar, pero que confirmaron lo anterior, y, por otro lado, está China, un país comunista y segunda economía mundial, con un arma letal apuntando directamente a Washington: es el mayor tenedor de bonos del Tesoro estadounidense, en definitiva: es el principal acreedor de Estados Unidos. 

Obama personalizó una etapa extraordinariamente difícil para un político como es gestionar la pérdida del liderazgo mundial de su país. Ahora le toca el turno a un hombre que hasta el momento solo ha demostrado confundir los deseos con la realidad. Ortega y Gasset decía: «la historia de una nación no es solo la de su período formativo y ascendente; es también la historia de su decadencia». Quizá sea el siglo de Australia.

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