Amanece la era de la eficiencia: Así es como la IA transforma la riqueza global
La Inteligencia Artificial (IA) está redefiniendo la infraestructura del futuro, desde la energía necesaria para los centros de datos hasta la fabricación de chips avanzados, marcando el inicio de una era económica cuya magnitud total apenas estamos vislumbrando.
La integración de la Inteligencia Artificial (IA) en la estructura económica mundial marca el inicio de una transformación profunda donde la productividad real comienza a mostrarse a través de la adaptación humana y el rediseño organizacional.
La Inteligencia Artificial está dejando de ser una promesa de ciencia ficción para convertirse en el motor de una transformación económica que apenas estamos comenzando a comprender.
La afirmación se desprende de un análisis publicado por la Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia, según el cual el impacto real de esta tecnología no se mide solo en la rapidez con la que avanza la programación, sino en cómo las organizaciones y las personas adaptan su forma de trabajar a estas nuevas capacidades.
Aaron Chatterji, economista jefe de OpenAI, explicó a Columbia Business School que esta nueva ola representa una tecnología de propósito general. Esto significa que, al igual que ocurrió en su momento con la electricidad o el Internet, sus efectos más profundos no aparecen de forma inmediata ni uniforme, sino que requieren un cambio estructural en la sociedad y en las empresas.
El desfase de las estadísticas
Uno de los puntos más interesantes que destaca el experto es que existe una desconexión entre lo que percibimos y lo que dicen los datos económicos oficiales.
Aunque sentimos que la Inteligencia Artificial ya está transformando nuestro día a día, su reflejo en la productividad general es todavía un indicador rezagado. Esto sucede porque las empresas necesitan tiempo para rediseñar sus flujos de trabajo, definir nuevos roles y ajustar sus incentivos.
Mucha de la riqueza generada actualmente por estas herramientas se queda en lo que los economistas llaman el excedente del consumidor. Son beneficios que no aparecen directamente en el producto interno bruto, como el tiempo ahorrado al buscar información o la mejora en la calidad de los textos personales, pero que representan un valor real y tangible para los individuos.
La brecha entre capacidad y uso
En el entorno corporativo, el desafío no es solo adoptar la tecnología, sino cerrar la brecha de capacidades. Chatterji observa que existe una distancia considerable entre lo que los sistemas ya pueden hacer y cómo los utiliza el empleado promedio. Mientras un pequeño grupo de usuarios avanzados extrae un valor inmenso, el resto de la organización suele quedarse en la superficie.
Cerrar esta distancia no es un reto técnico, sino de liderazgo. Los directivos tienen la responsabilidad de guiar la formación y de integrar la experimentación individual en una estrategia colectiva.
La clave no está en que la tecnología simplemente se instale, sino en que los trabajadores aprendan a colaborar con ella de forma estratégica.
Optimismo sobre el factor humano
A pesar de los temores sobre el reemplazo de trabajadores, la visión presentada por la institución educativa es optimista respecto al papel de las personas. La historia demuestra que, cuando las tareas mecánicas se automatizan, los seres humanos suelen desplazarse hacia actividades de mayor valor. La Inteligencia Artificial tiende a complementar el trabajo más que a sustituirlo por completo.
En muchos casos, estas herramientas permiten que los empleados con menos experiencia alcancen rápidamente el nivel de sus colegas más veteranos, mientras que los expertos las utilizan para expandir sus límites.
No obstante, el juicio, la intuición y la rendición de cuentas siguen siendo facultades exclusivamente humanas que no pueden delegarse a un modelo matemático.
Un panorama de cambio global
La velocidad de esta transición varía según el contexto. Las empresas pequeñas suelen moverse con más agilidad al no tener que lidiar con sistemas antiguos o estructuras burocráticas pesadas. En contraste, las grandes corporaciones enfrentan desafíos mayores relacionados con la regulación, el riesgo reputacional y la complejidad interna.
A nivel mundial, la percepción también es distinta. Mientras que en países en desarrollo se ve como una oportunidad para saltar etapas de crecimiento, en otras regiones existe una mayor preocupación por la competencia y el equilibrio regulatorio.
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