Hace unos meses, en declaraciones en San Cristóbal que luego rebotaron en los medios nacionales, dije que era evidente que la siguiente fase del problema en la frontera era la reversión del contrabando de extracción (el bachaqueo de productos regulados de Venezuela hacia Colombia) hacia el contrabando clásico (la traída de mercancías de ese país hacía el nuestro).

El modelo de intervencionismo genera dos distorsiones convencionales. Por un lado, la destrucción del aparato productivo interno y el desestímulo de las inversiones, que se traducen en una caída sustancial en los volúmenes de producción local. La segunda es la alteración de la demanda de divisas originada por el control de cambio. 

A tipos de cambio oficiales bajos, la demanda es infinita, lo cual presiona la discrecionalidad en la entrega de dólares, con sus consecuencias inevitables de ineficiencia y corrupción. Se pulverizan las reservas internacionales, colapsa el flujo de caja, se impaga la deuda comercial, se congelan los créditos externos y se contraen las importaciones, cayendo también la oferta de bienes importados. 

La fase uno de esas distorsiones descritas: escasez, colas y contrabando de extracción. La segunda es la sofisticación del mercado negro y la minimización del contrabando de extracción, pues ya no tenía sentido sacar mercancías del país si los bienes podían ser vendidos internamente con un sobreprecio rentable.

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La tercera fase es el desabastecimiento en el mercado negro, debido a las restricciones de oferta nacional y extranjera, un problema que crece exponencialmente en la medida que el Gobierno restringe divisas, controla importaciones y las empresas cortan sus envíos al país y paralizan plantas. La brecha entre los precios regulados y el bachaqueo se dispara y pasa de 10 veces a 80-100 veces en un año. 

El crecimiento de los precios en el negro genera la cuarta etapa, donde muchas mercancías resultan más baratas en el exterior que en el bachaquero.  Por un lado, los  estratos alto y medio comienzan a traer mercancías puerta a puerta desde el exterior y por el otro se activa el contrabando de introducción por frontera. Las mercancías colombianas abastecen ciudades fronterizas como San Cristóbal y Maracaibo, mientras que en el sur entran de Brasil. 

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Los revendedores tienen graves problemas para obtener mercancías adentro. Se enfurecen con el Gobierno, que intenta expropiar el Bachaqueo con los CLAPs y se produce la primera “rebelión de los bachaqueros” contra camiones desviados y locales con mercancía. Cierran calles y vías para protestar y, como es natural, desvían su interés de los establecimientos nacionales, ahora vacíos, hacia los mercados del país vecino. Cuando, tratando de buscar una nueva fuente de abastecimiento, ese grupo encuentra la frontera cerrada,  intentan atravesar como sea, y se pueden llevar por delante a quien intente pararlos.  ¿Sorpresa?

Presidente, una y otra vez. No hay forma de resolver el problema atacando consecuencias. Sin producción, ni importaciones, lo único que se puede repartir es la escasez y la pobreza, mientras se concentra el riesgo de explosión social. 

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