Conozca los verdaderos cambios en las materias de bachillerato

// Mercedes E. Rojas Páez Pumar @merce_rojas


La paz de las vacaciones parece haber llegado a su fin, y es que a escasos días de la vuelta a clases de los estudiantes de educación media (bachillerato), los lineamientos de la reforma curricular lograron quitarle el sueño a estudiantes, docentes y representantes de la comunidad escolar.

Antonio Bracho trabaja en el departamento de Desarrollo Educativo de un colegio privado, y es quien con paciencia nos explica que el problema va mucho más allá de la eliminación de materias como física, química y matemática: “La reforma curricular es una necesidad pedagógica, hace falta transformarlo porque el currículo actual no ha sido modificado desde los años 70-80, está completamente descontextualizado. Sin embargo esta transformación debe hacerse mediante criterios profundamente pedagógicos, determinados por un análisis minucioso”, comenta Bracho.

Parece que la reforma deja muchas dudas y preguntas abiertas que son el terreno más fértil para la libre interpretación. Y ahí es cuando se asoma uno de los problemas.

“El pensamiento usado anteriormente era disciplinar y ahora nos enfrentamos a uno interdisciplinar, que como su nombre lo dice, une varias disciplinas en un área de pensamiento más amplia: por ejemplo, Ciencias Naturales, Memoria, Territorio y Ciudadanía, Lenguas y Culturas y Comunicación”. Materias que agrupan otras no parece ser el problema, al contrario, según Antonio esta es la tendencia educativa en otros países latinos como Chile, Perú y Argentina, la mirada hacia el futuro contempla el pensamiento interdisciplinar, donde el estudiante recoja y asimile lo importante de cada materia, evitando que la profundización se haga tediosa, complicada y resulte innecesaria para su formación universitaria o posterior desarrollo laboral. 

“El problema es la generalidad con la que se ha hecho esta agrupación, pues no queda claramente establecida. Hay lagunas que resultan perjudiciales tanto para el profesor como para el alumno. Surgen preguntas como: ¿Qué pasa con la carga de trabajo del docente? ¿Cómo se demuestra el logro de una unidad temática cuando no aparecen reflejadas las evaluaciones?”.

La falta de fondo, falta de razones pedagógicas que sustenten lo que exhibe esta nueva reforma y el uso de una terminología imprecisa, abre cancha para la subjetividad, la aplicación es interpretativa. Un plantel educativo entiende y aplica una cosa y el otro entiende y aplica otra. Lo que resulta gravísimo para casos de homologación: cuando un estudiante quiere cambiar de colegio o incluso salir del país.

“Sin duda hay varias afirmaciones que te hacen pensar que esta reforma tiene debilidad de pensamiento pedagógico. En ella se dice que la educación media no debe prepararte para los estudios universitarios, lo que resulta peculiar y curioso cuando la ley orgánica de educación confirma que dentro del sistema educativo existen dos subsistemas: el de educación básica y el universitario”.

Que su personal esté informado sobre estos documentos es primordial para Antonio. “Sin duda en la reforma hay cosas positivas, como la intención de mirar al futuro y cosas negativas como la falta de estructura y sustento pedagógico. Institucionalmente hemos tomado la postura de que si el proceso va, no nos opondremos, pero queremos que vaya de la mejor manera para que beneficie a nuestros estudiantes”.

La aplicación de la reforma debe ser un proceso lento, que se detenga a observar los resultados, para continuar buscando caminos y soluciones. “Los Jesuitas de Cataluña crearon un programa llamado Horitzó 2020 que ha resultado muy exitoso” comenta. Dicho programa consiste en transformar en profundidad el proceso de enseñanza y aprendizaje y crear una nueva escuela para el siglo XXI. Este proceso de transformación comenzó con programas pilotos a través de los cuales evidenciaron las fallas y fortalezas y la aplicabilidad del programa. A veces lo teórico no tiene el final práctico esperado, y es hasta presumido pensar que lo que se ha escrito escuetamente, podría esbozarse como una victoria educativa.

La conclusión es clara: no está mal cambiar el currículo, hay que mirar hacia el futuro y ofrecer a los estudiantes un plan que se engrane con sus nuevas necesidades. La tecnología y con ella la globalización, han abierto nuevas ramas de estudio e interés que no deben ser pasadas por alto. Sin embargo estos cambios deben venir estrechamente enlazados al pensamiento pedagógico y no político, deben ser expresados con claridad, sin dejar espacio para el parafraseo y su aplicación debe ser paulatina, para medir su funcionamiento.

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