Reinventando el negocio: Venezolanos ante la crisis

Mercedes E. Rojas Páez-Pumar @merce_rojas

El venezolano no se rinde fácilmente. El instinto de supervivencia hace que los ciudadanos, que aun resisten en este país, sorteen obstáculos día a día buscando reinventarse y salir “airosos” de cada nueva situación.

Niños, abuelos, amas de casa, profesionales, estudiantes y comerciantes han sufrido los estragos, nadie sale ileso, ni si quiera aquellos que pertrecharon unas pocas pertenencias, su nacionalidad y el corazón en una maleta para probar suerte en otras latitudes, lejos de los suyos, lejos de casa. Sin embargo todavía existen algunos que ponen en práctica, cual mantra, aquello de “a mal tiempo, buena cara”, porque quedarse cruzados de brazos esperando que pase la tempestad no es una opción.

María Eugenia Goncalves de Lugo es una venezolana de 44 años. Esta hija de emigrantes portugueses ha estado la mitad de su vida dedicada al comercio. “Tengo 22 años en el negocio de la ropa usada. Empecé trabajando para otras personas y hoy en día tengo mi tienda propia. Antes colocábamos anuncios en revistas y periódicos para atraer a nuestra clientela, hoy en día nos adaptamos a las nuevas tecnologías y lo hacemos a través de un Fan Page en Facebook y en Instagram”.

Con tantos años de experiencia, María Eugenia ha visto al negocio reflejar cada instante de la economía venezolana, sus altos y bajos: “Sin duda nuestra clientela ha cambiado, ahora nos visitan ejecutivos, personas de un target un poco más alto, que ya no pueden darse el lujo de comprar prendas nuevas en una tienda. Gente que no solía recurrir a estos tipos de comercios porque el dinero les alcanzaba”, sentencia.

Los días para esta empresaria transcurren entre tacones, vestidos y hasta ropa de niños. Goncalves está clarísima, los negocios deben saber ajustarse a todos los cambios, sean buenos o malos. No importa la manera o la fórmula, la meta debe ser cumplida.

Y es que desde que la situación comenzó a apretar por todos los costados, es habitual conseguir en las afueras de las estaciones de metro a numerosas personas que venden sus pocas pertenencias, usadas y hasta en mal estado,  al mejor postor. Zapatos, ropa interior, correas, sartenes, entre otros cachivaches. Comerciantes cuya génesis ocurre gracias a la necesidad y no por su vocación o experiencia.

Los trueques han convertido a los venezolanos en verdaderos negociantes. Cambiar pañales por harina de maíz precocida se convirtió en un práctica cotidiana entre particulares. Incluso hay restaurantes y establecimientos que usan el trueque para atraer comensales.

La pizarra de un popular local de comida mexicana en el este de Caracas habla de mucho usando pocas palabras: “Se cambian 2 litros de aceite por plato mixto grande”. Es una oferta atractiva para muchos, quizás para esos que mercadean y hacen su agosto revendiendo a altísimos precios los productos desaparecidos y tan cotizados de la canasta alimentaria. Para otros miles, 2 litros de este preciado y escaso líquido dorado es un alto precio a pagar.

Un mesonero que suda su “quince y último” entre tacos y las enchiladas opina: “Se nos dificulta mucho el tema del aceite. No las hemos visto mal, por eso ofrecemos esa opción”. El mensaje se cambia dependiendo de las necesidades, esta semana el trueque se hace llevando 5 paquetes de harina PAN.

Son muchas las historias de personas que no paran, no se rinden. Sus almohadas son testigos silentes de los vericuetos que sus mentes visitan en busca de una solución, una idea novedosa que los salve de los números rojos mes a mes. Solo aquellos que se adapten al cambio y usen la crisis a su favor, sin romper el orden natural de las cosas, cumplirán con la meta y habrán sobrevivido. Son ellos, cuya fortaleza se ha forjado a pulso, los que protagonizarán el nuevo capítulo que pronto escribirá Venezuela.

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